Reportaje: Jorge Michel, por Miguel Brascó (1979)

Actualizado: 27 nov 2021

Extracto de una extensa entrevista publicada en el numero 21 de la revista STATUS en Junio de 1979. Por Miguel Brascó bajo el pseudónimo Gregorio Eguía.


Jorge Michel es un curioso polimorfo de los oficios terrestres. Para algunos, en esa versatilidad se le va la mano. Para otros, de eso lo redime la voluntariosa dedicación que puso en cada uno de ellos, tanto cuando era foguista en un barco mercante como cuando actuaba de gerente en un canal de televisión o como decision maker en una empresa de publicidad.


Para los reacios a una excesiva versatilidad laboral, foguista y decision maker son destinos inadecuados para que convivan en la existencia de una misma persona. Aun cuando se trate, como en el caso de Michel, de un (actualmente) artista escultor, considerando que, como bien se sabe, los artistas son personas capaces de cualquier cosa: su conducta no está regida por reglas sino por excepciones.


Michel declara haber sido foguista en buque mercante por "razones económico-financieras pintorescas" y por cierto exceso en la relectura de Joseph Conrad. A ser escultor se largó por sugerencia de una mujer, esas criaturas que se pasan la vida sugiriendo cosas. Esta mujer le indicó que él debía prestar atención a ciertas cualidades personales que mantenía inexplotadas. Nunca aclaró cuáles eran esas cualidades, pero habrá tenido razón porque como escultor Michel está teniendo un éxito deslumbrante. Hacia afuera, porque se le aprecia su capacidad y se le elogian sin excepción sus obras. Hacia adentro, porque finalmente parece haber encontrado su actividad existencial más auténtica.


A través de esa puerta ha conseguido ensimismarse en el sentido heideggeriano del término: ser él mismo de una manera absoluta y sin concesiones. O, como él prefiere decir, ha terminado por llevar una vida armoniosa.

Esa vida se desarrolla mayormente en su taller de Barracas, frente a la placita Herrera, haciendo cruz con el kiosco de la señora Mary. Personaje mitológico y, a la vez, real. Cuando uno quiere comunicarse con Michel tiene que telefonear a la señora Mary. Ella contesta “espere un cacho” y en seguida le pega el grito pampa-bárbaro. Entre grito y grito vigila el portón de hierro gris del taller, al acecho de que aparezca (como ocurre con frecuencia) alguna "celebridad".



El taller es inmenso, un galpón lleno de enormes trozos de materia en estado salvaje, madera, piedras, mármol. Sobre ellos se lanza este ex marinero de antebrazos fornidos (y tatuados) para transformarlas en materia estética, de dimensiones inquietantes, monumentales. Hacer esculturas enormes es un mecanismo urdido por Michel para esquivar el vértigo de las enormes pampas vacías, el complejo agorafóbico que nos agarra a todos los argentinos apenas salimos de Buenos Aires y nos enfrentamos con la infinita nadidad horizontal del campo. En algún rincón del elefantiásico taller hay una escalerita que conduce a (como se dice) aposentos privados del artista, una salita de estar decorada de manera prolijamente abigarrada pero sin idolatrías: un cuadro de Rómulo Macció, un elefante de madera, un sombrero elegantón, chucherías fetichistas y otra parafernalia previsible en el hábitat de un artista, pero toda instrulda por el exquisito gusto y un desdeñoso desapego por los valores de cotización que pueda tener cada objeto.


De ese reducto emerge el artista, sin su gorra de foguista (que usa siempre cuando está en casa) pero con una dramática campera negra. Cruza a la plaza para combatir las hormigas o regar alguna plantita, y ocasionalmente baja a la ciudad para asistir a los vernissages de los amigos, a comidas chez Horacito Martelli u otras cuchipandas, casi siempre acompañado por su mujer, Josefina Robirosa. Le gusta (lo hace muy bien) conversar con amigos, contar sus historias, tomar vino tinto de buena índole (no mucho) y dejarse estar al sol en el feudo de Carlos Miguens, en Monte. Le disgusta salir de Buenos Aires, perder el tiempo con gente pavota y tener que aguantar tipos pesimistas, de esos a los cuales nada les viene bien y para quienes las cosas siempre anduvieron mucho mejor antaño.





STATUS: Hay personas con genealogía y otras que aparecen por generación espontánea: Jorge Michel está famosamente entre las últimas.


MICHEL: ¿Quién, yo?


STATUS: Sí, usted. Esa es una teoría del pensador pampeano Federico Zúñiga, hijo.


MICHEL: Lo conozco a Zúñiga. Un tipo más bien introvertido que nació en la provincia de Santa Fe. ¿Cómo es esa clasificación que usted dice?


STATUS: La mayoría de la gente aparece en el mundo por las vías genealógicas tradicionales: padre, abuelo y todo lo demás. Es lo común, lo standard. Pero hay otras personas que aparecen de golpe, tac, por generación espontánea. Nadie sabe bien por qué puerta entraron a este show: aparecen, simplemente. Caso de Jonathan Swift, el escritor inglés del siglo XVIII y de Salvador Dalí, el pintor catalán del siglo XIX. Entre nosotros, tipos aparecidos así, tac, de golpe. son Horacito Martelli (experto en ratatouilles), Pocky Evans o el arquitecto Américo Torchelli. En cambio tenemos genealógicos por antonomasia como Macaco Aliaga, Adolfo Bioy Casares o el escritor César Fernández Moreno.


MICHEL: Y según Zúñiga hijo, yo aparecí tac, de golpe.


STATUS: Sí.


MICHEL: Para contradecirlo, aunque más no sea, le voy a hablar de mi padre.


STATUS: ¿Que hacía su padre?


MICHEL: Mi padre era una suerte de estafador. Una suerte, no: un estafador directamente. La estafa era para él un medio de vida. No estafas en el sentido jurídico, estricto del término, pero estafaba. Estafaba a todo el mundo, a las mujeres que amaba, a sus hijos. a sus amigos, a cualquiera que le sirviese de interlocutor. Y eso no lo hacía un mal tipo, ojo. sino un buen tipo. Y todos los estafados, sus víctimas. lo queríamos mucho porque lo conocíamos bien y entendíamos su mecanismo. Pero por eso no dejaba de ser un estafador. Lo cual no significa, de mi parte, un juicio moral. Era simplemente el estilo que había elegido para vivir: él, estafaba. Me parece verlo en la confitería La Fragata, proponiéndole un negocio a otro señor. Unos números perfectos, una aritmética irreprochable, de no creer. Una caligrafía de arquitecto y una capacidad para hacer cuentas, multiplicaciones, extraordinaria.


Él se sentaba en La Fragata y proponía negocios. Y era un tipo muy pintón, era fácil confundirlo con algún ministro de aquella época. Alto, peinado con gomina, muy bien vestido. Esa elegancia un poco de sombrero. Bastante Europa. Una Europa un poco tramposa porque nunca habló bien francés ni habló bien inglés ni sabía muy bien dónde quedaba Europa, pero la usaba con una gracia espléndida: muy poca gente había estado tanto en Europa como él. Y una increíble habilidad para relacionarse con hombres y mujeres. Si uno lo dejaba hablar, ya estaba perdido.


En realidad no era un gran estafador, de esos que se apoderan de grandes sumas de dinero para transformarlas en más dinero. No: él se apoderaba de pequeñas sumas que utilizaba para seguir manteniendo ese estado de cosas. La usaba para pagar comidas. taxis. copas a otras personas a las que iba a estafar en el futuro. Lo que había sacado de aquí lo devolvía allá para poder sacar de allá y entregarlo en otro lado. Ese era su sistema. Lo mantuvo durante años pero al final, claro, empezó a resquebrajarse. Empezó a caer. Desde el principio empezó a caer pero cada vez las caídas eran más bajas. Buenos Aires al fin y al cabo no era una ciudad tan grande y tarde o temprano las estafas se descubrían. Entonces mi viejo, no sé de qué manera, se conectó con un señor que se llamaba Depetris, un empresario muy rico que era dueño, me parece, de gran parte del puerto de Campana, tenía un pequeño ferrocarril de trocha angosta, un astillero, dragas, una flota fluvial, en fin. Este señor, en la primera época del peronismo, se largó a hacer unas maniobras políticas y Perón lo hizo bolsa. Lo inmovilizaron, lo congelaron. Tenía sus oficinas en una casa de la calle 25 de Mayo, que supo ser la residencia de Juárez Celman. Una construcción maravillosa, toda con herrajes traídos de Francia, bronce por donde mirases. Y de pronto el viejo se convirtió en gerente de todo eso que ya no funcionaba más, que estaba congelado.


Una tarde me lo encuentro por la calle y me dice, che, tenés que venir a verme en mis oficinas que estoy de gerente de Depetris. Entonces yo, con mi gran propensión a la inocencia, me voy hasta ese caserón importantísimo que ya se estaba cayendo, como la casa de Usher. Gran escalera de mármol pero sucia; bronces sin lustrar; cartelitos de chapa en donde dice Contaduría, Directorio, Departamento Técnico; una central telefónica vacía; una puerta magnífica. Golpeo, abro y veo un escritorio como de tres metros, con seis teléfonos, carpetas, busto de un prócer, tintero importante de mármol y, sentado arriba, mi padre en calzoncillos cortándose las uñas con un alicate. ¿Qué hacés, pibe? ¡Entrá, entrá! Y yo entro.



Me encuentro en lo que había sido el gran salón de los Juárez Celman, mucho oro en el cielorraso, una mesa de fácil siete u ocho metros de largo, chimenea de mármol y un espejo inmenso. Sobre la mesa había tres colchones de color gris y blanco, sábanas, traste de señor gordo en calzoncillos; los otros dos colchones vacíos pero revueltos, como recién usados por gente que se acaba de levantar. Yo estaba medio cortado. “Qué lindo lugar, che”, dije por decir algo Y mi padre: Chist, callate que el Pelado Gómez está durmiendo, vos lo conoces a Gómez, el gerente de productos. Se despierta el gordo y me dice (voz gangosa) cómo te va pibe, que grande que estás. Me va bien, Pelado, contesto yo y me quedo por ahí. Calentador de alcohol, pavita. Hacen café con un filtro amarronado sobre un tarro, bien a lo croto en ese lugar magnífico. El Pelado al mismo tiempo me explica: Estamos durmiendo acá hasta que nos habiliten el astillero, porque ya sabes que estamos en juicio y bla bla bla, el largo, conceptuoso, persuasivo, verborrágico discurso, con ese tono digno que yo le había escuchado tantas veces a mi padre. Porque ahora tenemos un síndico que anda con la hermana de éste, dice el Pelado Gómez. "Este", es un señor bastante mayor que está saliendo del baño con una toalla rosada alrededor del cuello. Bueno, che, basta de jarana. Vamos a laburar, dice el señor bastante mayor. Vos tildás, yo canto.


Cuando empiezan me doy cuenta de qué viven. Todas las mañanas, once, once y media, agarran un inventario de la empresa donde había de todo: lámparas, mesas, abrochadores, qué sé yo. Empiezan a recorrer los infinitos cuartos en procura de algo vendible. ¡Acá hay un transportador de bronce made in England! Y el Pelado Gómez, encargado de tildar, hojeaba el inventario, chac chac chac. ¡No está! Y entonces lo hacían guita. Las cosas que no estaban inventariadas eran las chicas y por el lote del día sacaban apenas para comprarse un pesceto, unos bifes. Pero ellos lo mismo seguían hablando de millones y de paquetes accionarios, cauciones, debentures y todo lo demás.


“Mi padre era un tipo buenísimo que había elegido la estafa como estilo de vida”

Al final tuvieron que irse de la mansión de los Juárez Celman y se instalaron nomás en el astillero, que estaba junto al Puente Avellaneda. El astillero era una casita de chapa, como de sereno, donde vivía el Pelado Gómez con su mujer y sus hijos; después habla una timonera, de esas que tienen los barcos de río, y ahí vivía papá. Tenía una cama que se había hecho con dos carreteles de cables vacíos. un colchón, unas maderas, todo muy prolijo. Ahí todos los días se lavaba su camisa de rayón, sus medias, sus pantalones, se lustraba los zapatos y se cepillaba el traje. Al traje lo cuidaba especialmente porque estaba considerado como una herramienta de trabajo: había que conservarlo bien para poder salir a la calle a ganarse la vida. Mi padre se quedó en ese astillero mucho tiempo, en medio de fábulas maravillosas, con el Pelado Gómez y unas gordas coquetas, especie de directoras de escuela jubiladas, muy pícaras, que siempre caían de visita. Una noche se emborracharon todos con un tipo que tenía un frigorífico por allí cerca y a partir de entonces consiguieron la carne gratis. Las amistades del alcohol pueden llegar a ser muy perdurables.


STATUS: Qué cuento formidable.


MICHEL: ¿Cuento? No es un cuento. Usted creerá que estoy inventando, que hago literatura. Pero no: esto ocurrió en la realidad. Es una parte de la historia de mi padre.


STATUS: ¿Hay más?


MICHEL: Mucho más. Hace varios años yo le contaba estas historias de mi padre al novelista Juan Carlos Onetti...


STATUS: ¿Varios cuántos?


MICHEL: Bueno, veinte por lo menos.


STATUS: En la década del 50 Onetti era el escritor secreto más famoso de Buenos Aires, una contraseña exclusiva entre los intelectuales jóvenes, las nenitas de Filosofía y Letras y los tipos raros de la noche.


MICHEL: Éramos muy amigos. O, por lo menos, yo me sentía muy amigo de él.


STATUS: Después se volvió al Uruguay y lo agarraron con eso del boom de la literatura latinoamericana, la izquierda festiva lo empezó a enloquecer y finalmente consiguieron que lo metieran preso, pobre Onetti, él que jamás tuvo la más remota filiación política.


MICHEL: Ahora está en España. Pero cuando vivía en Buenos Aires éramos muy amigos y estaba convencido de que yo inventaba las historias de mi padre. Pensó que yo había imaginado un personaje llamado Mi Padre, y un día me dijo no le cuentes más esas historias: "sentate y escribilas".


El escritor Juan Carlos Onetti, autor de la novela El Astillero.

STATUS: Los uruguayos tiene esa costumbre de escribir sentados. Les viene de José Enrique Rodó.


MICHEL: Un día Onetti vino a mi casa a comer. Estábamos, creo, tomando algo cuando en eso tocan el timbre. Era mi padre. Cuando Onetti lo vio en seguida se dio cuenta de que todo lo que yo contaba era cierto. Mi padre le dijo: ¿Usted es Onetti? Pero si yo lo conozco mucho, éste se la pasa hablando de usted. Yo soy Jorge Armando Michel Ortiz. (El apellido compuesto era sine qua non para él). Lo primero que hizo fue darle una tarjeta y después se largó a hablar. ¿Así que usted es uruguayo che? Yo tengo ahí un muy buen negocio para hacer en Montevideo. Usted los debe conocer a los Villegas Masgrande, es gente de la Banda Oriental... Onetti me miraba y yo le hacia señas de vos - creías - que - el - viejo - no - existía - y - ahora - vas - a - ver.


STATUS: Onetti tiene una novela que se llama El Astillero.


MICHEL: Seguro. Salió de ahí. Mi padre contó mil cosas y Onetti le preguntaba detalles. Estuvieron las horas muertas chu chu chu y el viejo al final lo invitó al astillero. Mire, yo tengo un astillero acá en Avellaneda, La Boca. Véngase a comer mañana. Yo me puse comedido: Bueno, nosotros llevamos el vino. Y el viejo: ¡No, por favor, faltaba más! No traigan nada. Decía que no trajéramos nada y había que llevar de todo. De modo que con Onetti compramos el vino, unas morcillas, chorizos y eso. Carne no, porque carne conseguían en el frigorífico. Para colmo justo coincidió con la visita de una de las gordas, una gorda siniestra que le hablaba a Onetti de literatura. Recitaba a Almafuerte sin piedad, a los gritos. Y todo el mundo se puso inmediatamente muy borracho. De esa tarde de vino con sol, moscas, gordas y morcillas nació la novela de Onetti, El Astillero.


STATUS: ¿A usted le gustó?


MICHEL: Es un gran escritor, Onetti.


STATUS: ¿El Astillero le gustó?


MICHEL: A Onetti le costó siempre mucho el exceso de realidad que había en las historias de mi padre. Cuando las transformaba en literatura eran otra cosa. Y a mi no me gustaban. Cosa que le dije, claro. Y él me contestaba: ¿Vos qué sabés, che? Yo tenía veinte años, era muy joven. Y seguramente no sabía nada.

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